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Christus Rex Information Service


15 de Diciembre 1996


CHRISTUS REX INFORMATION SERVICE - Domingo 15 de Diciembre 1996 - Merída-Badajoz

Archidiócesis de Mérida-Badajoz
Carta del Arzobispo

El cristiano y los pobres

Imaginemos uno de esos trances en los que, hoy por mí, mañana por ti, se encuentra, sin esperarlo, una persona creyente. Se te ha muerto un ser querido, acabas de salir ileso de un terrible accidente, has sufrido un desengaño amoroso o una frustración profesional. O, por el contrario: ganaste una oposición, acabas de tener el primer hijo, te han dado el alta médica de una enfermedad preocupante. Estos son los motivos, de luz o de oscuridad, de exaltación o de hundimiento, que te hacen darte de bruces contigo mismo. Empiezas a pensar, te haces preguntas, rezas.
¿Qué quieres de mí? ¿Hacia dónde me llevas, Señor?
Dejo aparte los casos en los que un desengaño o un estallido de gozo en la propia existencia, conducen en el primer caso al abatimiento y a la desgana espiritual, mientras que en el segundo, le llevan a uno a la autocomplacencia o a la diversión ruidosa y vuelven a instalarle, a corto plazo, en la vulgaridad y la rutina. Mas, por fortuna, no siempre ocurre así. El latigazo del sufrimiento, la visita de la felicidad, pueden conducirme a la fuente de mó mismo, donde me encuentro con el rostro amoroso de Dios.
Los claroscuros de la existencia le redescubren a uno que está vivo, que es persona responsable; que Dios le está rondando por los cuatro costados. No está de moda, al parecer, la reacción religiosa ante los estremecimientos del corazón. A no ser que nos salga al paso la amistad con un buen sacerdote, con una monja comprensiva, con un matrimonio estupendo, con un enfermo santo. Bueno; pues se enrolla uno en una conversación a fondo, de las que calientan el corazón y movilizan nuestras energías para el bien. ­Anda, Lola, anda Jaime, no le des más vueltas. Ni a ti ni a ti os hizo Dios para la vulgaridad ni para el aburrimiento.
Total, que en un día inesperado te encuentras como Samuel diciéndole a Dios: "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (Sam 3,10), o preguntándole a Jesús, como el joven del Evangelio: "Maestro, ¿qué es lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? (Mc. 10,17).
En estos casos, no suele tratarse, por lo común, de la caída estrepitosa de Saulo hasta las pezuñas del caballo, ni tan siquiera de la conversión lenta y radical de Agustín de Hipona o de Ignacio de Loyola. Lo frecuente puede ser un pequeño Tabor contemplativo tras la lectura de un libro, el testimonio de un gran santo o la paz recobrada por la absolución sacramental.

El espacio de los pobres

Todo archisabido, ¿verdad? Aunque, bien mirado, no todos los elementos del cuadro acusan el mismo relieve y, menos aún, en la conciencia de numerosos cristianos. Somos muchos los que, en momentos de gracia como los descritos más arriba, nos preguntamos, por ejemplo, por nuestro posicionamiento ante los pobres, ante sus personas y su mundo.
Luego, nos asustamos y nos ponemos tristes, como el joven rico, ante aquello de "Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y después, ven y ségueme" (Ibi. v.10).
Tomado eso al pie de la letra, nos sentimos como agarrotados, nos asalta la tentación de largarnos, cabeza baja y orejas gachas, lo mismo que el muchacho rico, quien, por joven, era idealista y, como rico, un tanto agarrado. Fue también impaciente y precipitado al marcharse por las buenas, rompiendo así las amarras con Jesús, de quien habría podido recibir después las fuerzas necesarias para vivir el Evangelio paso a paso. Nosotros no nos vamos, Señor, seguimos escuchando sin miedo hasta oír tus enseñanzas completas. Después, Dios dirá.
Lo primero es vender nuestros bienes, o sea, perder lo nuestro, entiéndase quedarse uno mismo pobre. Lo segundo es hacer la transferencia de su importe a los otros pobres. Es patente que eso, obligatoriamente y al pie de la letra, no se exige a todos, puesto que Jesús miró con amor al joven que había guardado fielmente los mandamientos y sólo al percibir su grandeza moral se permitió proponerle algo más grande y hermoso. Pero lo que sé fluye de la escena, y de otros pasajes de la Biblia, es que, para seguir fielmente al Maestro, no basta con remediar la pobreza de otros. Debe ser a costa nuestra. Compartir yo, de algún modo, su pobreza, como el otro comparte mis bienes.

Él fue pobre

Acaba de publicarse un impresionante volumen, con todo lo dicho en el gran Congreso sobre la erradicación de la pobreza, convocado, hace dos meses, por Cáritas nacional en Madrid. Acuden a sus páginas cuantos sienten la comezón de portarse bien con los pobres, con respuestas a su alcance. Ahora, aquí vamos al meollo, al puro embrión del tema.
En los pobres, los famosos anawines del Antiguo Testamento; en el nacimiento escandaloso de Jesús en un pesebre; en la primera de sus Bienaventuranzas; en su identificación con los que reciben alimento, vestido, visita en la enfermedad, en la prisión Conmigo lo hicísteis Jesús proclama ante quienes tengan oídos la dignidad de los pobres, la sacralidad de los pobres, el valor de libertad y de anticipo del Reino que encierra el desprendimiento de los bienes terrenos.
"No podéis servir a Dios y al dinero" Esta es la novedad más grande, más original, que aporta el Evangelio al discurso sobre los pobres.
"Hemos de cultivar la pobreza en lo que tiene de virtud y combatirla en lo que tiene de injusticia", decíamos hace un cuarto de siglo los obispos españoles en una Asamblea plenaria sobre el tema. Hemos de llegar al despego de los bienes hasta donde nos empuje nuestra llamada personal. Hemos de combatir las situaciones opresivas en lo que está a nuestro alcance; y librarnos del estado de inocencia en esta materia, como si lo del hambre en el mundo no fuera con nosotros.
¿A qué conocer lo que yo no puedo resolver? Respuesta fatal.

Maneras de estar con ellos

Un cristiano adulto tiene hoy que estar muy al dóa sobre los cambios estructurales que reclama un mundo injusto con mil millones de pobres. No traigo aquó estadósticas de miseria, incultura, opresión, desolación. Tampoco las diferencias insultantes entre ricos y pobres que aún perduran en nuestro país.
­Pero, ¿no hablaba usted de conversiín y de santidad? ­De eso precisamente sigo hablando. La opción preferencial y eficiente por los pobres pertenece al Evangelio y a la santidad.
Sin olvidar varias cosas. Una, cuando se es orante, humilde, casto e hijo fiel de la Iglesia, se siente más la exigencia y se experimenta más la fuerza para ser pobre.
Dos, la entrega generosa a la causa de los pobres puede provocar alguna vez en nosotros la indignación o la cólera contra sus opresores; pero conlleva el apoyo, el reconocimiento y el estímulo para cuantos hacen algo en su favor, ya sea desde el sector público o desde la iniciativa privada.
Tres, el cristiano ha de ser sensible a todas las pobrezas: las del ser y las del tener, las del rico y las del pobre, las materiales , las psicológicas, las morales, las religiosas.
Gentes hay tan pobres, que no tienen más que dinero.
¡Ah, y cuarta, todos los pobres padecen algún déficit de alegría.
Hay que devolvérsela aun antes de que superen su indigencia.
No solo de pan vive el hombre.

+Antonio Montero Moreno
Arzobispo de Mérida-Badajoz


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